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viernes, 16 de diciembre de 2011

Equidad es no irse a los extremos

Las políticas no discriminatorias deben buscar el equilibrio en vez de castigar las ventajas de los demás.

Fiel a la ahora arraigada costumbre, en una incursión por la red, una navegante publicó la semana pasada en su muro de Facebook el siguiente comentario:

“Las mujeres y los hombres somos diferentes, pero tenemos los mismos derechos”.

La polémica no se hizo esperar; inmediatamente surgió el comentario de otro navegante, cuyo nombre se omite para proteger su identidad por la delicadeza del caso, el cual se quejó de que la citada afirmación era una falacia, y argumentó que a él como hombre, las pseudo autoridades le estaban exigiendo, hasta bajo la amenaza de un posible encarcelamiento, más obligaciones que a la que en otro momento fue su esposa, con quien tiene hijos en común, a los que la doña raramente le permite ver, sin importarle el daño que pudiera hacerles a los pequeños al mantenerlos lejos de su padre, y recalcó que esto es, en realidad, contrario a los principios de equidad.

¿En qué consiste la equidad?

Vale la pena recordar que la equidad consiste en la búsqueda de la justicia natural que dé a cada quien lo que le corresponde, incluso con cierto alejamiento del texto de la ley, en caso de ser necesario; concepto que se acerca en gran medida a la definición de justicia ofrecida por el jurista Ulpiano, identificada con la voluntad de dar a cada uno su derecho.

Esto significa que, ante todo, es necesario detenerse a reflexionar a detalle sobre las características de cada caso particular, en vez de conformarse con una burda generalización o con la adopción de paradigmas ni tratar por hacer que todas las situaciones quepan en el mismo molde.

El equilibrio y el extremismo

En los años ochentas todavía se oía decir que a las mujeres les aplicaban la ley del embudo y les daban el extremo más angosto, pues alegaban que el hombre se tomaba un sinfín de libertades, como por ejemplo, la de salir con quien quisiera, y al mismo tiempo le exigía a su pareja (que en aquel entonces se daba por sentado que era una mujer, ya que las relaciones entre personas del mismo sexo, no eran consideradas parejas “oficialmente”), una fidelidad intachable.

Y todo esto permite recordar lo bien que en esos tiempos se enseñaba que no es conveniente llegar a los extremos; y es que efectivamente, si por una parte es cierto que, como actualmente está de moda decirlo, “es locura seguir haciendo lo mismo y esperar diferentes resultados”, también lo es que la solución de un problema no consiste en hacer todo al revés.

Pero como la mayoría de la gente parece ignorar esta evidente verdad, el mundo en el que vivimos, en vez de acercarse cada vez más a una posición de equilibrio, no hace más que pasar de un extremo a otro.

Por eso no es raro ver que… ¡Oh, qué bien!, se han acabado los padres autoritarios… Pero en cambio, por todas partes pueden encontrarse cientos de niños tiranos que hacen estruendosas rabietas en cualquier sitio en el que estén, simplemente porque mamá se está atreviendo a insinuar por un instante, que no va a cumplirle un irrelevante capricho .

Y ni qué decir de los casos tan insólitos como el de la esposa que, muy al estilo conservador, no aporta un peso en su caso, pero eso sí, muy al estilo progresista, pretende que sea el marido quien lave platos, cambie pañales y hierva biberones… O viceversa, a los suegros que se resisten tanto a los cambios, que critican duramente a la nuera que sale de su casa a desempeñar un trabajo honrado para contribuir a la manutención de su hogar, y la ven con malos ojos, simplemente porque no les gustan “esas modernidades”.

Sobre este tópico, creo conveniente hacer cierto énfasis, en que la modernidad es la cualidad de moderno, término que se refiere a aquello que pertenece “al tiempo de quien habla o a una época reciente” (http://buscon.rae.es).

Eso quiere decir que queda fuera de toda lógica el pretender que las personas con las que convivimos adopten comportamientos propios de épocas remotas, ya que es tanto como querer vivir en el pasado, o tan absurdo como tratar de que la gente siga pautas correspondientes a un espacio diverso al que ocupan, como lo sería, por ejemplo, la cultura de otro continente.