Curiosa reflexión, ¿verdad?
Sin embargo, recuerdo la cantidad de veces que situaciones como esta han sido un problema, ya que mi idea al comprar una computadora portátil siempre ha sido la de tenerla a la mano la mayor parte del tiempo y utilizarla donde sea y cuando me dé la gana.
Entonces, ¿por qué nunca falta el que pide lo que sabe que no debe pedir? Ya que no es lo mismo pedir prestado un artículo personal en un caso de excepción, que tomarlo como costumbre al grado de decir: "¡Ah!, y por favor me anotas la contraseña". Claro, y con mi contraseña, te doy acceso, no solamente al uso del aparato, sino a toda mi información personal, al menos que tenga una clave distinta en cada una de mis cuentas y, en todas ellas, deshabilite la famosa opción de conservar los datos de ingreso, tal como los administradores de varios sitios recomiendan para el uso de "equipos compartidos"...
Lo anterior haría suponer, que el que necesita la computadora de otro, debe manejarse con suma discreción, y por ningún motivo tomarse la libertad de revisar datos que no le corresponden, pero los pedilones, desde luego que es lo primero que hacen, y después hasta te lo dicen en tu cara y te preguntan sobre lo que vieron o leyeron, como si fuera de dominio público.
Pero, ¿no la dichosa laptop es un artículo personal? ¿O acaso le pedirías a alguien que te prestara su rasuradora desechable o su cepillo de dientes? Y ya ni qué decir de los que te piden tu automóvil. Una vez más, me parece comprensible en un caso excepcional, y por supuesto, cuando se trata de una emergencia, pero no para compartir el mentado automotor de manera permanente, ya que para mí, mi auto es también un lugar en el que me tomo la libertad de guardar, o simplemente de dejar por mera comodidad, algunos de mis efectos de uso individual, ya sea un tarjetero, una chequera o mis plumas y cuadernos, por ser objetos que utilizo en diferentes lugares a los que voy.
Por eso, vuelvo a la pregunta, ¿por qué piden lo que saben que no se debe pedir? La laptop, el auto, la cámara digital... Amigos, son objetos tan personales como el cepillo de dientes o como un calzoncillo usado; por favor, aprendamos a no poner a los demás en la situación de sentirse comprometidos a decir que sí cuando en realidad, y a veces hasta sin saber claramente por qué, desearían decir que no.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
jueves, 1 de septiembre de 2011
Hazte oír
“¡Es muy fácil hablotear!”, me comentaba un amigo hace unos meses, y su tono de voz reflejaba bastante enfado por el gran número de personas que le preguntaban cómo era posible que llevara tanto tiempo viviendo en un departamento con problemas en las cañerías y mala ventilación, en el que, además, todos los días tenía disgustos con el casero. Su queja culminó con el siguiente comentario:
“Todo el mundo me dice, ‘¿sigues allá?’, ¡como si fuera tan sencillo!”
Claro, no se trata de hablar sin ton ni son. Tan es así, que al oír las quejas de personas no muy conocedoras, inevitablemente viene a mi pensamiento la imagen de cierto personaje de comedia diciendo que “ha de doler mucho que le peguen a uno en la mera trifulca”.[1]
Evidentemente, esta escena, en el contexto de una película cómica, puede parecer sumamente graciosa, pero lo que no es para reírse, es que estos personajes existen en la vida real, y los hay en gran abundancia. En efecto, hoy en día no es raro toparse con sujetos que dicen, “dame mi errefecé” (RFC), para referirse a una cédula de identificación fiscal, que utilizan la ahora popular frase “aquí tengo mi ife”, en relación con el documento expedido por las autoridades electorales; y ni qué decir de los que al ver el menú de un restaurante, creen que la “sopa de la casa” es la que se sirve gratis, y no entienden que en realidad, se trata de la especialidad del establecimiento.
¿Por qué pasa esto? La respuesta es muy sencilla: Por falta de información.
Debido a esta circunstancia, hace unos días tomé la decisión de ponerme a escribir sobre todos estos pensamientos que tengo en la mente, para que, cuando alguien los lea, sepa que no está solo contra el mundo, sino que, en realidad, la mayoría de los habitantes del planeta nos enfrentamos a situaciones incómodas que incluso consideramos injustas y por las cuales quisiéramos desahogarnos mientras alguien nos oye y, en el mejor de los casos, nos propone una solución.
¿Cuál es la primera duda que nos asalta en estos casos? Si somos un poco sensatos, creo que sería: “¿Tendré razón?”
Así es, podemos sentirnos muy molestos, pero de pronto nos asalta esta incertidumbre y pensamos, “¿qué tal si yo estoy mal?”
Y qué bueno sería tener la duda si esto nos impulsara a investigar y recabar datos confiables sobre el caso concreto al que nos enfrentamos, pero muchas veces he visto con tristeza, que hay gente a la que se le hace más cómodo racionalizar la situación y convencerse de que el atropello que sufrieron está completamente justificado o, peor todavía, al oír las desgracias de otro, luchan hasta la muerte por venderle la idea de que la calamidad que narra, en realidad no es tal, como si los sentimientos de indignación de los demás no fueran fuertes indicadores de que algo anda mal, porque finalmente, es tan, pero tan fácil hablotear…
[1] Recordemos que la palabra “trifulca”, es definida por la Real Academia Española como “desorden y camorra entre varias personas”, entre otras acepciones, y el comentario del comediante en cuestión, que en ese momento estaba caracterizando a un hombre de la calle, se basó en una supuesta nota periodística en la que decía: “En medio de la trifulca, el agresor le propinó un golpe con la llave de cruz”.
“Todo el mundo me dice, ‘¿sigues allá?’, ¡como si fuera tan sencillo!”
Claro, no se trata de hablar sin ton ni son. Tan es así, que al oír las quejas de personas no muy conocedoras, inevitablemente viene a mi pensamiento la imagen de cierto personaje de comedia diciendo que “ha de doler mucho que le peguen a uno en la mera trifulca”.[1]
Evidentemente, esta escena, en el contexto de una película cómica, puede parecer sumamente graciosa, pero lo que no es para reírse, es que estos personajes existen en la vida real, y los hay en gran abundancia. En efecto, hoy en día no es raro toparse con sujetos que dicen, “dame mi errefecé” (RFC), para referirse a una cédula de identificación fiscal, que utilizan la ahora popular frase “aquí tengo mi ife”, en relación con el documento expedido por las autoridades electorales; y ni qué decir de los que al ver el menú de un restaurante, creen que la “sopa de la casa” es la que se sirve gratis, y no entienden que en realidad, se trata de la especialidad del establecimiento.
¿Por qué pasa esto? La respuesta es muy sencilla: Por falta de información.
Debido a esta circunstancia, hace unos días tomé la decisión de ponerme a escribir sobre todos estos pensamientos que tengo en la mente, para que, cuando alguien los lea, sepa que no está solo contra el mundo, sino que, en realidad, la mayoría de los habitantes del planeta nos enfrentamos a situaciones incómodas que incluso consideramos injustas y por las cuales quisiéramos desahogarnos mientras alguien nos oye y, en el mejor de los casos, nos propone una solución.
¿Cuál es la primera duda que nos asalta en estos casos? Si somos un poco sensatos, creo que sería: “¿Tendré razón?”
Así es, podemos sentirnos muy molestos, pero de pronto nos asalta esta incertidumbre y pensamos, “¿qué tal si yo estoy mal?”
Y qué bueno sería tener la duda si esto nos impulsara a investigar y recabar datos confiables sobre el caso concreto al que nos enfrentamos, pero muchas veces he visto con tristeza, que hay gente a la que se le hace más cómodo racionalizar la situación y convencerse de que el atropello que sufrieron está completamente justificado o, peor todavía, al oír las desgracias de otro, luchan hasta la muerte por venderle la idea de que la calamidad que narra, en realidad no es tal, como si los sentimientos de indignación de los demás no fueran fuertes indicadores de que algo anda mal, porque finalmente, es tan, pero tan fácil hablotear…
[1] Recordemos que la palabra “trifulca”, es definida por la Real Academia Española como “desorden y camorra entre varias personas”, entre otras acepciones, y el comentario del comediante en cuestión, que en ese momento estaba caracterizando a un hombre de la calle, se basó en una supuesta nota periodística en la que decía: “En medio de la trifulca, el agresor le propinó un golpe con la llave de cruz”.
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