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jueves, 1 de septiembre de 2011

Hazte oír

“¡Es muy fácil hablotear!”, me comentaba un amigo hace unos meses, y su tono de voz reflejaba bastante enfado por el gran número de personas que le preguntaban cómo era posible que llevara tanto tiempo viviendo en un departamento con problemas en las cañerías y mala ventilación, en el que, además, todos los días tenía disgustos con el casero. Su queja culminó con el siguiente comentario:

“Todo el mundo me dice, ‘¿sigues allá?’, ¡como si fuera tan sencillo!”

Claro, no se trata de hablar sin ton ni son. Tan es así, que al oír las quejas de personas no muy conocedoras, inevitablemente viene a mi pensamiento la imagen de cierto personaje de comedia diciendo que “ha de doler mucho que le peguen a uno en la mera trifulca”.[1]

Evidentemente, esta escena, en el contexto de una película cómica, puede parecer sumamente graciosa, pero lo que no es para reírse, es que estos personajes existen en la vida real, y los hay en gran abundancia. En efecto, hoy en día no es raro toparse con sujetos que dicen, “dame mi errefecé” (RFC), para referirse a una cédula de identificación fiscal, que utilizan la ahora popular frase “aquí tengo mi ife”, en relación con el documento expedido por las autoridades electorales; y ni qué decir de los que al ver el menú de un restaurante, creen que la “sopa de la casa” es la que se sirve gratis, y no entienden que en realidad, se trata de la especialidad del establecimiento.

¿Por qué pasa esto? La respuesta es muy sencilla: Por falta de información.

Debido a esta circunstancia, hace unos días tomé la decisión de ponerme a escribir sobre todos estos pensamientos que tengo en la mente, para que, cuando alguien los lea, sepa que no está solo contra el mundo, sino que, en realidad, la mayoría de los habitantes del planeta nos enfrentamos a situaciones incómodas que incluso consideramos injustas y por las cuales quisiéramos desahogarnos mientras alguien nos oye y, en el mejor de los casos, nos propone una solución.

¿Cuál es la primera duda que nos asalta en estos casos? Si somos un poco sensatos, creo que sería: “¿Tendré razón?”

Así es, podemos sentirnos muy molestos, pero de pronto nos asalta esta incertidumbre y pensamos, “¿qué tal si yo estoy mal?”

Y qué bueno sería tener la duda si esto nos impulsara a investigar y recabar datos confiables sobre el caso concreto al que nos enfrentamos, pero muchas veces he visto con tristeza, que hay gente a la que se le hace más cómodo racionalizar la situación y convencerse de que el atropello que sufrieron está completamente justificado o, peor todavía, al oír las desgracias de otro, luchan hasta la muerte por venderle la idea de que la calamidad que narra, en realidad no es tal, como si los sentimientos de indignación de los demás no fueran fuertes indicadores de que algo anda mal, porque finalmente, es tan, pero tan fácil hablotear…
[1] Recordemos que la palabra “trifulca”, es definida por la Real Academia Española como “desorden y camorra entre varias personas”, entre otras acepciones, y el comentario del comediante en cuestión, que en ese momento estaba caracterizando a un hombre de la calle, se basó en una supuesta nota periodística en la que decía: “En medio de la trifulca, el agresor le propinó un golpe con la llave de cruz”.

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